Fundación Compaz

#LosRostrosDeLaPaz

Pastora Mira

Casa Museo Comunitario Care

Gabriela Chacón

Meztina Comunidad

María José Urbano

Kakaoteros

Ferney Orrego

Miel la Montaña

Pastora Mira

Casa Museo Comunitario Care

Su vida ha estado marcada por el conflicto armado y la violencia. Ha perdido a más de un familiar por cuenta de la guerra y precisamente por eso es una abanderada de la paz. Pastora Mira García nació en San Carlos, Antioquia, donde asesinaron a su primera pareja, a su padre, a cuatro hij@s, y de donde, además, fue desplazada. Hoy está nuevamente en San Carlos, donde trabaja por las víctimas del conflicto y hace pedagogía del Informe Final de la Comisión de la Verdad a través de la Casa Museo Comunitario Care.
 
Cuando tenía seis años los conservadores asesinaron a su padre por tener filiación liberal. Desde ese momento su vida cambió para siempre, comenzaron los desplazamientos y los múltiples asesinatos a miembros de su familia. Como eran tantos hermanos, su mamá tuvo que dejarla con los abuelos, donde ella aprendió el valor de servir y trabajar en comunidad.
 
Después de terminar el bachillerato y trabajando como auxiliar en la Registraduría de San Carlos conoció al hombre con quien tuvo su primera hija. Sin embargo, a los meses de haber dado a luz, él fue asesinado por razones políticas. Dos años después, Pastora ingresó a la inspección de la Policía de San Carlos, donde conoció al que sería el padre de sus cuatro hijos, dos de los cuales fueron asesinados por los paramilitares.
 
Tuvo que renunciar a la inspección de la Policía por amenazas de la guerrilla y de los paramilitares. En ese momento comenzó a trabajar con grupos de mujeres en los barrios, haciendo solares para cultivar hierbas y alimento, y comenzó a vender muñecos, peluches y piñatas para sobrevivir.
 
A los pocos años decidió entrar a la política, algo que siempre le había interesado de manera personal y gracias a sus parejas, pero que siempre le había traído problemas. Impulsada por las mujeres con las que trabajaba creó un movimiento que se llamaba Manos Unidas. Inicialmente eran 4 personas, pero después consiguieron ser una base social de 40 personas y en las elecciones de 2004 lograron ser la segunda fuerza política del municipio consiguiendo dos curules en el Concejo de San Carlos.
 
En 2007 a una de las concejalas elegidas le mataron al esposo y le robaron el ganado, por lo que tuvo que renunciar a la curul e irse. La persona que seguía en la lista al Concejo era Pastora. Con muchas dudas asumió el reto y posesionada en su curul se fue para el Senado en Bogotá a proponer lo que hoy en día es la Ley de Víctimas. Sin embargo, en ese momento la ley no pasó. Fue hasta el gobierno del expresidente Juan Manuel Santos que la demanda de ella y de muchas otras víctimas se materializó en la Ley 1448 de 2011, o Ley de Víctimas y Restitución de Tierras.
 
Una vez aprobada la ley, Pastora recorrió todo el territorio nacional haciendo pedagogía de manera que todas las víctimas del país supieran cuáles eran sus derechos y lo que significaba para ellas esa nueva ley. Ahora Pastora es la representante departamental de los sujetos de reparación colectiva de Antioquia en la mesa departamental de víctimas, un espacio creado gracias a la Ley de Víctimas.
 
También dirige la Casa Museo Comunitario Care, que está ubicada en San Carlos en una edificación que pertenecía a un narcotraficante. Las víctimas quieren apropiarse de ese lugar para destinarlo a la construcción de paz y reconciliación en el territorio, pero esa es una discusión que aún no han logrado zanjar con la Sociedad de Activos Especiales (SAE). La Casa Museo Comunitario Care es un espacio de memoria que busca reconstruir el tejido social del territorio a través de objetos, fotografías, dibujos, prensa y cartografías sociales que evidencian y reconocen el conflicto armado en ese lugar. Además, es un centro donde se brinda asesoría y acompañamiento a las víctimas en temas de reparación integral, restablecimiento de derechos y no repetición. También promueve la participación de las comunidades interesadas en hacer memoria y en construir verdad como base para la reconciliación.
 
Pastora conoció al monstruo de la guerra siendo muy chiquita y durante toda su vida supo lo duro que pisaba, por eso sabía que la única salida era la paz, que cualquier iniciativa de paz iba a ser mejor que el monstruo de la guerra y que trabajar en la construcción de paz desde su municipio era su misión de vida. Pastora hizo parte de AlaPaz, la escuela de liderazgo para la paz que desde @fcompaz desarrollamos junto a la Universidad de los Andes.

Gabriela Chacón

Meztina Comunidad

Gabriela Chacón Bermúdez nació en un barrio popular de Caracas, Venezuela, en una familia migrante colombiana. La música fue su pasión, refugio y amor, perteneció por varios años al sistema de orquesta juvenil de Venezuela donde tocaba el violonchelo y era corista. Creció en una familia de izquierda, donde su padre era militante político activo y donde el gobierno de Hugo Chávez era muy popular ya que ofrecía muy buenos programas sociales para migrantes, un contexto que la acercó mucho a los movimientos sociales. 

Cuando tenía 10 años su papá murió. Varios años después comenzó la crisis social y económica en Venezuela, por lo cual su madre decidió crear diferentes negocios en Cúcuta y terminó mudándose a Colombia. Con el cambio de país Gabriela tuvo que dejar la música porque en Cúcuta casi no había ofertas y las que existían no eran gratuitas, un gasto que su madre no se podía permitir. A los pocos meses de haber llegado a Cúcuta y debido a los múltiples cambios que tuvo que afrontar en tan poco tiempo, a Gabriela le diagnosticaron depresión y ansiedad.

Comenzó estudiando comercio exterior, pero rápidamente se cambió a derecho. En la universidad conoció estudiantes feministas y LGBTIQ+ que llegaban de zonas donde el conflicto armado era muy marcado. Se volvieron amig@s y con ell@s creó el Semillero de Estudios de Género “Rosa Elvira Cely” de la Universidad Libre, donde estudiaban. Además,  planteó la creación del protocolo de violencia basada en género para la facultad de derecho en esa misma universidad.  

Durante la campaña del plebiscito por la paz hizo pedagogía del Acuerdo de Paz, junto a otr@s estudiantes, logrando que 600 personas de la universidad le hicieran campaña al Sí en el plebiscito. Sus prácticas las hizo en Acción Legal, una organización jurídica, donde le dio asesoría jurídica a víctimas, migrantes y personas en contextos vulnerables, una experiencia que la impulsó a crear junto a otras compañeras el Observatorio de Asuntos de Género de Norte de Santander, una herramienta de acceso gratuito y abierto que busca democratizar la información y lograr que se convierta en un herramienta de incidencia para personas víctimas, migrantes, mujeres y población LGBTIQ+.

En todo este tiempo la ausencia del arte y la música era algo que constantemente la frustraba. Comenzó la pandemia y junto a su hermana y una amiga comenzaron a pensar en un proyecto artístico que tuviera incidencia en la ciudad. Bajo esa premisa crearon Meztina comunidad, un colectivo artístico y de escucha donde se trabajan temas de paz, ambiente y género.

Hace menos de dos años, en medio de una situación de seguridad muy difícil, junto a su pareja, comenzaron a buscar en la música una forma de reparación y crearon Buena Faena, un proyecto de mestizaje sonoro que se materializa por medio de la mezcla de música con sentido político y social. Ahora son DJs y productores musicales que reivindican la influencia mestiza y latina por medio de sonidos creados con sintetizadores, ollas y otros instrumentos que tocan tanto en fiestas como en marchas.  

Por su parte, el @oagnds_, @meztinacomunidad_ y @buenafaenasonora ahora confluyen en Casa Puentera, un espacio interdisciplinario para la población LGBTIQ+, mujeres y jóvenes que quieran trabajar sobre temas de género, paz, migración, arte, procesos sociales y democracia. 

Gabriela hace parte de #JuntasLideramos, el programa que creamos con el propósito de reconocer y promover el papel que tienen las mujeres en la transformación de los territorios y en la construcción de paz.

María José Urbano de Kakaoteros

María José Urbano

Kakaoteros

Desde pequeña se enfrentó a realidades que no son normales para una niña: operativos militares, toques de queda, asesinatos, minería ilegal y coca fueron algunas de las cosas que María José Urbano vivió desde que nació.
 
A esa edad no era consciente de lo que significaba para ella y su familia tener relación con cultivos de coca y minería ilegal. Fue hasta que su padre comenzó el proceso de sustitución de cultivos ilícitos y abandonó la minería ilegal que comprendió la gravedad de las cosas. Pero eso nunca fue sinónimo de abandono o violencia dentro de su hogar. Su padre terminó en esas actividades casi que por obligación, pero era tanto el amor a sus cuatro hij@s que decidió cambiar el rumbo de su vida y apostarle a los cultivos lícitos, pues sabía que si seguía así l@s ponía en riesgo y l@s sentenciaba a tener un futuro de raspachines o de mineros ilegales.
 
A pesar de todo el contexto familiar, María José se crió en un ambiente amoroso, de disciplina, cuidado y amor por el territorio. Desde pequeña le incentivaron el trabajo rural, el orgullo campesino y el amor por el cacao. Una crianza que le dio las herramientas para lograr construir, junto a su familia, una empresa que honra al campesinado, al territorio y los cultivos de cacao.
 
Desde que su padre escogió el camino de la sustitución intentó muchas cosas sin tener éxito, hasta que, paradójicamente, sus hij@s fueron quienes lograron darle rumbo a la sustitución. El futuro de la familia cambió cuando uno de los hermanos de María José creó una marca de cacao como proyecto de grado. La idea no era que trascendiera más allá de un trabajo académico, sin embargo, ella le vió potencial y motivó a su padre y hermano a meterse de lleno en el proyecto. En 2020 lograron sacar adelante Kakaoteros, un emprendimiento que no solo vende cacao de primera calidad, sino que ha logrado transformar la realidad de su familia y muchas otras en Pauna, Boyacá, donde han vivido toda su vida. Además, Kakaoteros se ha convertido en marca que visibiliza la labor de l@s campesin@s cacaocultores, mejora sus condiciones de vida, rescata las recetas de las abuelas y construye paz en zonas donde antes los cultivos y las actividades ilícitas eran la regla.
 
Kakaoteros hace parte del fortalecimiento que, desde la fundación, realizamos a proyectos productivos que construyen paz. Además, María José se graduó del diplomado de Liderazgo Territorial que hicimos junto a la Universidad Externado.
Ferney de Miel la Montaña

Ferney Orrego

Miel la Montaña

Sus decisiones más importantes de vida han sido por descarte, las ha tomado sin mucho ánimo y expectativas. Sin embargo, al final se han convertido en  pasiones y propósitos de vida. 

Kevin Ferney Orrego Gonzáles nació en San Andrés de Cuerquia, al norte de Antioquía, su padre murió cuando tenía tres años, dejándolo solo con su madre, la cual estaba embarazada y dos hermanitos pequeños. Dada las necesidades económicas de su familia se dedicó a la agricultura y dejó de estudiar cuando terminó primaria. Sin embargo, la agricultura no fue un camino fácil, la frustración de trabajar el campo y ver pocas posibilidades de distribuir el producto lo desanimaba mucho. 

Su situación económica, sumada a la ola de violencia que lo tocó de manera directa durante una visita de paramilitares y ejército a la región, lo hicieron tomar la decisión de unirse a las FARC-EP.  El primer mes fue muy duro, no se lograba adaptar y no le gustaba la vida en la selva, sin embargo, al poco tiempo comenzó a disfrutar sus tareas en la guerrilla, a valorar todo lo que le daban y, posteriormente, a enamorarse de la causa política. Ferney estuvo en el bajo Cauca y en diferentes municipios de Antioquia involucrado en temas de orden público y políticos. 

Cuando se firmó el Acuerdo de Paz y las FARC-EP dejaron las armas, Ferney se sentía perdido, no sabía qué hacer con su vida, ni a qué se iba a dedicar. Al poco tiempo le propusieron un proyecto de apicultura y, aunque no tenía idea de qué se trataba y tampoco le interesaba mucho, decidió unirse. 

En la apicultura le sucedió lo mismo que en la guerrilla, al principio no se hallaba y no le encontraba mucho sentido a lo que estaba haciendo, sin embargo, con el tiempo comenzó a enamorarse de las abejas, el proceso para extraer la miel y su comercialización. Junto a otros 17 firmantes de paz creó Miel La Montaña, una iniciativa que no solo aporta a la construcción de paz, sino también a la conservación, el cuidado y la protección del medioambiente, produciendo una miel sostenible y responsable con la naturaleza. La consolidación de la iniciativa no ha sido fácil, y aunque es un proyecto de muy buena calidad, no es el principal sustento de Ferney. Su sueño es dedicarse 100% a la apicultura y, en sus tiempos libres, a la fotografía, un pasatiempo que descubrió en su proceso de reincorporación. 

Miel la Montaña hace parte de #PuentesParaLaReconciliación, nuestro ecosistema de recursos para la paz.